martes, 17 de marzo de 2015

Capítulo 05





Imagen de Raúl Arias
Donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro caballero.

Instituto Miguel de Cervantes


AUDIO


Viendo, pues, que en efecto no podía menearse, acordó de acogerse a su ordinario remedio, que era pensar en algún paso de sus libros, y trájole su locura a la memoria aquel de Baldovinos y del marqués de Mantua, cuando Carloto le dejó herido en la montaña... historia sabida de los niños, no ignorada de los mozos, celebrada y aun creída de los viejos, y con todo esto no más verdadera que los milagros de Mahoma. Esta, pues, le pareció a él que le venía de molde para el paso en que se hallaba, y así con muestras de grande sentimiento, se comenzó a volcar por la tierra, y a decir con debilitado aliento lo mismo que dicen decía el herido caballero del bosque:

¿Donde estás, señora mía,
que no te duele mi mal?
O no lo sabes, señora,
o eres falsa y desleal.

Y de esta manera fue prosiguiendo el romance hasta aquellos versos que dicen: 

Oh noble marqués de Mantua,
mi tío y señor Carnal.

Y quiso la suerte que cuando llegó a este verso acertó a pasar por allí un labrador de su mismo lugar, y vecino suyo, que venía de llevar una carga de trigo al molino; el cual, viendo aquel hombre allí tendido, se llegó a él y le preguntó que quién era y qué mal sentía que tan tristemente se quejaba. 

Don Quijote creyó sin duda que aquel era el marqués de Mantua su tío, y así no le respondió otra cosa sino fue proseguir en su romance, donde le daba cuenta de su desgracia y de los amores del hijo del Emperante con su esposa, todo de la misma manera que el romance lo canta. El labrador estaba admirado oyendo aquellos disparates, y quitándole la visera, que ya estaba hecha pedazos de los palos, le limpió el rostro que lo tenía lleno de polvo; y apenas le hubo limpiado, cuando le conoció y le dijo: 

—Señor Quijada (que así se debía de llamar cuando él tenía juicio, y no había pasado de hidalgo sosegado a caballero andante) ¿quién ha puesto a vuestra merced de esta suerte? 

Pero él, seguía con su romance a cuanto le preguntaba. 

Viendo esto el buen hombre, lo mejor que pudo le quitó el peto y espaldar, para ver si tenía alguna herida; pero no vió sangre ni señal alguna. Procuró levantarle del suelo, y no con poco trabajo le subió sobre su jumento, por parecerle caballería más sosegada. Recogió las armas hasta las astillas de la lanza, y liólas sobre Rocinante, al cual tomó de la rienda, y del cabestro al asno, y se encaminó hacia su pueblo, bien pensativo de oír los disparates que Don Quijote decía; y no menos iba Don Quijote, que de puro molido y quebrantado no se podía tener sobre el borrico, y de cuando en cuando daba unos suspiro que los ponía en el cielo, de modo que de nuevo obligó a que el labrador le preguntase le dijese qué mal sentía; y no parece sino que el diablo le traía a la memoria los cuentos acomodados a sus sucesos, porque en aquel punto, olvidándose de Baldovinos, se acordó del moro Abindarráez cuando el alcaide de Antequera Rodrigo de Narváez le prendió, y llevó cautivo a su alcaidía. De suerte que cuando el labrador le volvió a preguntar cómo estaba y qué sentía, le respondió las mismas palabras y razones que el cautivo Abencerraje respondía a Rodrigo de Narváez, del mismo modo que él había leído la historia en la Diana de Jorge de Montemayor, donde se escribe; aprovechándose de ella tan de propósito que el labrador se iba dando al diablo de oír tanta máquina de necedades; por donde conoció que su vecino estaba loco, y dábase priesa a llegar al pueblo, por excusar el enfado que Don Quijote le causaba con su larga arenga. Al cabo de la cual dijo:

—Sepa vuestra merced, señor Don Rodrigo de Narváez, que esta hermosa Jarifa, que he dicho, es ahora la linda Dulcinea del Toboso, por quien yo he hecho, hago y haré los más famosos hechos de caballerías que se han visto, vean, ni verán en el mundo. 

A esto respondió el labrador: 

—Mire vuestra merced, señor, ¡pecador de mí! que yo no soy don Rodrigo de Narváez, ni el marqués de Mantua, sino Pedro Alonso, su vecino; ni vuestra merced es Baldominos, ni Abindarráez, sino el honrado hidalgo del señor Quijana.

—Yo sé quien soy, respondió Don Quijote, y sé que puedo ser, no sólo los que he dicho, sino todos los doce Pares de Francia, y aún todos los nueve de la fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno de por sí hicieron, se aventajarán las mías.

En estas pláticas y otras semejantes llegaron al lugar a la hora que anochecía; pero el labrador aguardó a que fuese algo más noche, porque no viesen al molido hidalgo tan mal caballero. Llegada, pues, la hora que le pareció, entró en el pueblo y en casa de Don Quijote, la cual halló toda alborotada, y estaban en ella el cura y el barbero del lugar, que eran grandes amigos de Don Quijote, que estaba diciéndoles su ama a voces: 

¿Qué le parece a vuestra merced, señor licenciado, Pero Pérez, que así se llamaba el cura, de la desgracia de mi señor? Seis días ha que no parecen él, ni el rocín, ni la adarga, ni la lanza, ni las armas. ¡Desventurada de mí! que me doy a entender, y así es ello la verdad como nací para morir, que estos malditos libros de caballerías que él tiene, y suele leer tan de ordinario, le han vuelto el juicio; que ahora me acuerdo haberle oído decir muchas veces hablando entre sí, que quería hacerse caballero andante, e irse a buscar las aventuras por esos mundos. Encomendados sean a Satanás y a Barrabás tales libros, que así han echado a perder el más delicado entendimiento que había en toda la Mancha. 

La sobrina decía lo mismo, y aún decía más: 

—Sepa, señor maese Nicolás, que este era el nombre del barbero, que muchas veces le aconteció a mi señor tío estarse leyendo en estos desalmados libros de desventuras dos días con sus noches: al cabo de los cuales arrojaba el libro de las manos, y ponía mano a la espada, y andaba a cuchilladas con las paredes; y cuando estaba muy cansado, decía que había muerto a cuatro gigantes como cuatro torres, y el sudor que sudaba del cansancio decía que era sangre de las feridas que había recibido en la batalla; y bebíase luego un gan jarro de agua fría, y quedaba sano y sosegado, diciendo que aquella agua era una preciosísisma bebida que le había traído el sabio Esquife, un grande encantador y amigo suyo. Mas yo me tengo la culpa de todo, que no avisé a vuestras mercedes de los disparates de mi señor tío, para que lo remediaran antes de llegar a lo que ha llegado, y quemaran todos estos descomulgados libros (que tiene muchos), que bien merecen ser abrasados como si fuesen de herejes. 

Esto digo yo también, dijo el cura, y a fe que no se pase el día de mañana sin que de ellos no se haga auto público, y sean condenados al fuego, porque no den ocasión a quien los leyere de hacer lo que mi buen amigo debe de haber hecho.

Todo esto estaban oyendo el labrador y Don Quijote, con que acabó de entender el labrador la enfermedad de su vecino, y así comenzó a decir a voces: 

—Abran vuestras mercedes al señor Baldovinos y al señor marqués de Mantua, que viene mal ferido, y al señor moro Abindarráez, que trae cautivo el valeroso Rodrigo de Narváez, alcaide de Antequera. 

A estas voces salieron todos, y como conocieron los unos a su amigo, las otras a su amo y tío, que aún no se había apeado del jumento, porque no podía, corrieron a abrazarle. El dijo: 

—Ténganse todos, que vengo malferido por la culpa de mi caballo. Llévenme a mi lecho, y llámese si fuere posible, a la sabia Urganda, que cure y cate mis heridas. 

—¡Mirá en hora maza, dijo a este punto el ama, si me decía a mí bien mi corazón del pie que cojeaba mi señor. Suba vuestra merced en buena hora, que sin que venga esa Urganda le sabremos aquí curar. Malditos, digo, sean otra vez y otras ciento estos libros de caballería que tal han parado a vuestra merced!

Lleváronle luego a la cama, y catándole las feridas, no le hallaron ninguna; y él dijo que todo era molimiento, por haber dado una gran caída con Rocinante, su caballo, combatiéndose con diez jayanes, los más desaforados y atrevidos que pudieran fallar en gran parte de la tierra. 

—¡Ta, Ta!, dijo el cura; ¿jayanes hay en la danza? para mí santiguada, que yo los queme mañana antes de que llegue la noche. 

Hiciéronle a Don Quijote mil preguntas, y a ninguna quiso responder otra cosa, sino que le diesen de comer y le dejasen dormir, que era lo que más le importaba. Hízose así, y el cura se informó muy a la larga del labrador, del modo que había hallado a Don Quijote. El se lo contó todo con los disparates que al hallarle y al traerle había dicho, que fue poner más deseo en el licenciado de hacer lo que el otro día hizo, que fue llevar a su amigo el barbero maese Nicolás, con el cual se vino a casa de Don Quijote.

Preguntas para acercarse a esa obra:
05 ¿Fue feliz la vida de Miguel de Cervantes??
No demasiado: fue cautivo en Argel, tuvo siempre dificultades económicas y problemas con la justicia; intentó pasar a América, pero no le dieron permiso….

Frases célebres de Don Quijote de la Mancha
-De gente bien nacida es agradecer los beneficios que recibe.
-De las miserias suele ser alivio una compañía.
-Después de las tinieblas espero la luz.

-Don Quijote soy, y mi profesión la de andante caballería. Son mis leyes, el deshacer entuertos, prodigar el bien y evitar el mal. Huyo de la vida regalada, de la ambición y la hipocresía, y busco para mi propia gloria la senda más angosta y difícil. ¿Es eso, de tonto y mentecato?

Resumen del capítulo 05
Después de ser apaleado por el cuidador de mulas, don Quijote no conseguía levantarse, tampoco sabía qué hacer, pero de pronto su locura le trae a la memoria un evento parecido en una de las novelas que había leído que se encajaba perfectamente en la situación en la que estaba. Y así con muestras de gran sentimiento comienza a revolcarse en la tierra y recita algunos versos que dijo el protagonista de en aquel entonces. Mientras lo hace, pasa un labrador que era vecino suyo, que venía de llevar una carga de trigo al molino, lo cual viéndole a nuestro caballero allí tendido, le pregunta que quien era y qué sentía. En aquel momento don Quijote confunde al labrador con el marqués de Mantua un tío suyo y sigue con el palabrerío las novelas de caballería. El hombre aunque admirado con lo que oye, ayuda a don Quijote y al hacerlo lo reconoce como el señor Quijada y le saca la armadura para ver si estaba herido. Lo levanta y a mucha costa lo sube a su montura, además recoge las armas, las ata a Rocinante y tomándole la rienda al animal, los conduce a ambos al pueblo, pensando en los disparates dichos por Quijote. El labrador empieza a sospechar que su vecino, está loco. Y corrige a don Quijote diciéndole que no era ninguno de los personajes que citados por el caballero, y que tampoco él mismo era un caballero andante, sino el señor Quijano. A eso don Quijote le responde que sabía quién era y quién podía ser. Estando ellos en estas pláticas y en otras, llegan al pueblo al anochecer, pero el labrador espera que anochezca un poco más para evitar que don Quijote sea visto de aquella manera. Cuando el vecino le trae a casa, encuentra todo alborotado, en ella están el barbero, el cura, el ama de casa y su sobrina. Su ama había estado muy preocupada por la desaparición de su amo, puesto que hacía seis días que no tenía noticias suyas y culpa a los libros de caballería por hacerle perder el juicio. Su sobrina también decía lo mismo y todavía más, para ella aquellos libros eran desalmados y hacían que su tío perdiera la cordura ya que sus actitudes tras leerlos eran de lo más extrañas, inusuales y alocadas. Y por no avisarles a todos de los disparates de su tío, la joven creía que tenía la culpa de todo, sugiriendo que los libros fueran quemados. Como no podía bajarse solo de su montura, todos corren a abrazarle para ayudarlo, y el caballero dice que estaba mal herido por culpa de su caballo. Por creer en eso con totalmente, don Quijote les pide que lo lleven a su lecho y aun exige que quiere que le cure Urganda, en ese instante el ama interviene diciéndole que ellos mismos sabían curar. Al llevarlo a la cama, le buscan las heridas pero no encuentran nada y él siguió diciendo disparates, y al oírlos el cura afirma que va a quemar los libros al día siguiente antes que anochezca. Entonces aprovechan para hacerle a don Quijote mil preguntas a las que él no quiere responder, excepto que les pide que le den de comer y que lo dejen dormir. En eso el cura fue informado por el labrador de todo lo que había pasado.
Janete M. C. Silva

Análisis  del capítulo 05 - Programa Antconc - Estadística de palabras: lista de palabras y concordancia
#Word Types: 596
#Word Tokens: 1614

1
89
que
Pr. relativo u otra posibilidad

2
86
de
Preposición

3
71
y
Conjunción

4
55
a
Preposición

5
49
el
Artículo definido singular m. sing.

6
35
la
Preposición

7
30
le
Pr. Objeto indirecto

8
23
no
Adv. Negación

9
22
en
Preposición

10
20
se
Pr. Reflexivo u otra posibilidad

11
20
su
Pr. posesivo

12
19
los
Artículo definido singular m. pl.

13
17
del
Contracción: de + el

14
15
al
Contracción: a + el

15
14
con
Preposición

16
14
señor
Sust./Adj. u otra posibilidad

17
13
don
Pr. Tratamiento/respeto

18
13
lo
Pr. Neutro u otra posibilidad

19
12
las
Artículo definido singular f. pl.

20
11
quijote
Sustantivo masculino

21
10
labrador
Sustantivo masculino
Profesión














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