domingo, 15 de marzo de 2015

Capítulo 07


Imagen de Raúl Arias

De la segunda salida de nuestro buen caballero D. Quijote de la Mancha

Instituto Cervantes


AUDIO



Estando en esto, comenzó a dar voces Don Quijote, diciendo:

—¡Aquí, aquí, valerosos caballeros, aquí es menester mostrar la fuerza de vuestros valerosos brazos, que los cortesanos llevan lo mejor del torneo!

Por acudir a este ruido y estruendo no se pasó adelante con el escrutinio de los demás libros que quedaban, y así se cree que fueron al fuego sin ser vistos ni oídos, la Carolea y León de España, con los Hechos del emperador, compuestos por don Luis de Ávila, que sin duda debían de estar entre los que quedaban, y quizá, si el cura los viera, no pasaran por tan rigurosa sentencia.

Cuando llegaron a Don Quijote, ya él estaba levantado de la cama, y proseguía en sus voces y en sus desatinos, dando cuchilladas y reveses a todas partes, estando tan despierto como si nunca hubiera dormido. Abrazáronse con él, y por fuerza le volvieron al lecho; y después que hubo sosegado un poco, volviéndose a hablar con el cura, le dijo:

Por cierto, señor Arzobispo Turpin, que es gran mengua de los que nos llamamos doce Pares dejar tan sin más ni más llevar la victoria de este torneo a los caballeros cortesanos, habiendo nosotros los aventureros ganado el prez, en los tres días antecedentes.

Calle vuestra merced, señor compadre, dijo el cura, que Dios será servido que la suerte se mude, y que lo que hoy se pierde se gane mañana; y atienda vuestra merced a su salud por ahora, que me parece que debe de estar demasiadamente cansado, si ya no es que está mal ferido.

Ferido no, dijo Don Quijote; pero molido y quebrantado no hay duda en ello, porque aquel bastardo de don Roldán me ha molido a palos con el tronco de una encina, y todo de envidia, porque ve que yo solo soy el opuesto de sus valentías; mas no me llamaría yo Reinaldos de Montalbán, si en levantándome de este lecho no me lo pagare, a pesar de todos sus encantamientos; y por ahora tráigame de yantar, que sé que es lo que más me hará al caso, y quédese lo del vengarme a mi cargo.

Hiciéronlo así, diéronle de comer, y quedóse otra vez dormido, y ellos admirados de su locura.

Aquella noche quemó y abrasó el ama cuantos libros había en el corral y en toda la casa, y tales debieron de arder, que merecían guardarse en perpetuos archivos; mas no lo permitió su suerte y la pereza del escrutinador, y así se cumplió el refrán en ellos, de que pagan a veces justos por pecadores.

Uno de los remedios que el cura y el barbero dieron por entonces para el mal de su amigo, fue que le murasen y tapiasen el aposento de los libros, porque cuando se levantase no los hallase (quizá quitando la causa cesaría el efecto), y que dijesen que un encantador se los había llevado, y el aposento y todo. Y así fue hecho con mucha presteza.

De allí a dos días se levantó Don Quijote, y lo primero que hizo fue ir a ver sus libros; y como no hallaba el aposento donde le había dejado, andaba de una a otra parte buscándole. Llegaba adonde solía tener la puerta, y tentábala con las manos, y volvía y revolvía los ojos por todo sin decir palabra; pero al cabo de una buena pieza, preguntó a su ama que hacía en qué parte estaba el aposento de sus libros.

El ama, que ya estaba bien advertida de lo que había de responder, le dijo:

¿Qué aposento, o qué anda buscando vuestra merced? Ya no hay aposento ni libros en esta casa porque todo se lo llevó el mismo diablo.

No era el diablo, replicó la sobrina, sino un encantador que vino sobre una nube una noche después del día que vuestra merced de aquí se partió, y apeándose de una sierpe en que venía caballero, entró en el aposento; y no sé lo que hizo dentro, que a cabo de poca pieza salió volando por el tejado, y dejó la casa llena de humo; y cuando acordamos a mirar lo que dejaba hecho, no vimos libros ni aposento alguno; sólo se nos acuerda muy bien a mí y al ama, que al tiempo de partirse aquel mal viejo, dijo en altas voces, que por enemistad secreta que tenía al dueño de aquellos libros y aposento, dejaba hecho el daño en aquella casa que después se vería; dijo también que se llamaba el sabio Muñatón.

Fristón diría, dijo Don Quijote.

No sé, respondió el ama, si se llamaba Frestón o Fritón; sólo sé que acabó en ton su nombre.

Así es, dijo Don Quijote, que ese es un sabio encantador, grande enemigo mío, que me tiene ojeriza porque sabe, por sus artes y letras, que tengo de venir, andando los tiempos, a pelear en singular batalla con un caballero a quien él favorece, y le tengo de vencer sin que él lo pueda estorbar, y por esto procura hacerme todos los sinsabores que puede; y mándole yo, qué mal podrá él contradecir ni evitar lo que por el cielo está ordenado.

¿Quién duda eso? dijo la sobrina. Pero ¿quién le mete a vuestra merced, señor tío, en esas pendencias? ¿No será mejor estarse pacífico en su casa, y no irse por el mundo a buscar pan de trastrigo, sin considerar que muchos van por lana y vuelven trasquilados?

¡Oh, sobrina mía, respondió Don Quijote, y cuán mal que estás en la cuenta! Primero que a mí me trasquilen, tendré peladas y quitadas las barbas a cuantos imaginaren tocarme en la punta de un solo cabello.

No quisieron las dos replicarle más, porque vieron que se le encendía la cólera.

Es, pues, el caso que él estuvo quince días en casa muy sosegado, sin dar muestras de querer secundar sus primeros devaneos, en los cuales días pasó graciosísimos cuentos con sus dos compadres el cura y el barbero, sobre que él decía que la cosa de que más necesidad tenía el mundo era de caballeros andantes, y de que en él se resucitase la caballería andantesca. El cura algunas veces le contradecía y otras concedía, porque si no guardaba este artificio, no había poder averiguarse con él.

En este tiempo solicitó Don Quijote a un labrador vecino suyo, hombre de bien (si es que ese título se puede dar al que es pobre), pero de muy poca sal en la mollera. En resolución, tanto le dijo, tanto le persuadió y prometió, que el pobre villano se determinó de salirse con él y servirle de escudero.

Decíale entre otras cosas Don Quijote, que se dispusiese a ir con él de buena gana, porque tal vez le podía suceder aventura que ganase en quítame allá esas pajas, alguna ínsula, y le dejase a él por gobernador de ella. Con estas promesas y otras tales, Sancho Panza (que así se llamaba el labrador) dejó su mujer e hijos, y asentó por escudero de su vecino. Dio luego Don Quijote orden en buscar dineros; y vendiendo una cosa, y empeñando otra, y malbaratándolas todas, llegó una razonable cantidad. Acomodóse asimismo de una rodela que pidió prestada a un su amigo, y pertrechando a su rota celada lo mejor que pudo, avisó a su escudero Sancho del día y la hora que pensaba ponerse en camino, para que él se acomodase de lo que viese que más le era menester; sobre todo, le encargó que llevase alforjas. Él dijo que sí llevaría, y que asimismo pensaba llevar un asno que tenía muy bueno, porque él no estaba ducho a andar mucho a pie. En lo del asno reparó un poco Don Quijote, imaginando si se le acordaba si algún caballero andante había traído escudero caballero asnalmente; pero nunca le vino alguno a la memoria; mas con todo esto, determinó que le llevase, con presupuesto de acomodarle de más honrada caballería en habiendo ocasión para ello, quitándole el caballo al primer descortés caballero que topase.

Proveyóse de camisas y de las demás cosas que él pudo, conforme al consejo que el ventero le había dado. Todo lo cual hecho y cumplido, sin despedirse Panza de sus hijos y mujer, ni Don Quijote de su ama y sobrina, una noche se salieron del lugar sin que persona los viese, en la cual caminaron tanto, que al amanecer se tuvieron por seguros de que no los hallarían aunque les buscasen.

Iba Sancho Panza sobre su jumento como un patriarca, con sus alforjas y su bota, y con mucho deseo de verse ya gobernador de la ínsula que su amo le había prometido. Acertó Don Quijote a tomar la misma derrota y camino que el que él había antes tomado en su primer viaje, que fue por el Campo de Montiel, por el cual caminaba con menos pesadumbre que la vez pasada, porque por ser la hora de la mañana y herirles a soslayo los rayos del sol, no les fatigaban.

Dijo en esto Sancho Panza a su amo:

Mire vuestra merced, señor caballero andante, que no se le olvide lo que de la ínsula me tiene prometido, que yo la sabré gobernar por grande que sea.

A lo cual le respondió Don Quijote: 

—Has de saber, amigo Sancho Panza, que fue costumbre muy usada de los caballeros andantes antiguos hacer gobernadores a sus escuderos de las ínsulas o reinos que ganaban; y yo tengo determinado de que por mí no falte tan agradecida usanza; antes pienso aventajarme en ella, porque ellos algunas veces, y quizá las más, esperaban a que sus escuderos fuesen viejos, y ya después de hartos de servir, y de llevar malos días y peores noches, les daban algún título de conde; o por lo menos de marqués de algún valle o provincia de poco más o menos; pero si tú vives y yo vivo, bien podría ser que antes de seis días ganase yo tal reino, que tuviese otros a él adherentes, que viniesen de molde para coronarte por rey de uno de ellos. Y no lo tengas a mucho, que cosas y casos acontecen a los tales caballeros, por modos tan nunca vistos ni pensados, que con facilidad te podría dar aún más de lo que te prometo.

De esa manera, respondió Sancho Panza—, si yo fuese rey por algún milagro de los que vuestra merced dice, por lo menos Juana Gutiérrez, mi oíslo, vendría a ser reina y mis hijos infantes.

¿Pues quién lo duda? respondió Don Quijote.

Yo lo dudo, replicó Sancho Panza, porque tengo para mí que aunque lloviese Dios reinos sobre la tierra, ninguno asentaría bien sobre la cabeza de Mari Gutiérrez. Sepa, señor, que no vale dos maravedís para reina; condesa le caerá mejor, y aún Dios y ayuda.

Encomiéndalo tú a Dios, Sancho, respondió Don Quijote, que Él le dará lo que más le convenga; pero no apoques tu ánimo tanto que te vengas a contentar con menos que con ser adelantado.

No haré, señor mío, respondió Sancho, y más teniendo tan principal amo en vuestra merced, que me sabrá dar todo aquello que me esté bien y yo pueda llevar.

Preguntas para acercarse a la obra:
07 ¿Podemos visitar hoy La Mancha de Don Quijote?
Pueden visitarse molinos de viento en Campo de Criptana, Alcázar de San Juan o Consuegra; la presunta casa de Dulcinea en El Toboso; la cueva de Medrano, en Argamasilla de Alba, y la de Montesinos; ventas en Puerto Lápice; el parque natural de las lagunas de Ruidera… Todo esto nos ayuda a evocar las aventuras del caballero.
Frases de Don Quijote
-El amor antojadizo no busca cualidades, sino hermosuras.
-El amor es deseo de belleza.
-El amor junta los cetros con los cayados; la grandeza con la bajeza; hace posible lo imposible; iguala diferentes estados y viene a ser poderoso como la muerte.
Resumen del capítulo 07:
Aun estaban todos en la biblioteca de don Quijote haciendo escrutinio a sus libros cuando de repente, el hidalgo empieza a gritar desde su habitación. Eso impide que se afuera adelante con los análisis de los demás ejemplares que quedaban, propiciando que otros libros fueran quemados sin ser vistos. Nada más entrar en el cuarto de don Quijote, todos veen que él ya estaba despierto, de pie, diciendo una enormidad de desatinos, le abrazan y le hacen volver a la cama. Sin embargo enseguida Don Quijote le dice al cura que fue apaleado por un tal don Roldán por envidia y luego les pide la cena porque tenía mucha hambre. Cuando termina de comer se queda dormido y los demás se quedan admirados de su locura. Así y aprovechándose de que él caballero estaba en el lecho, el ama quema cuantos libros había en la casa, y aunque había libros que merecían guardarse como archivos perpetuos, todos son condenados debido a la pereza del escrutiñador y en eso se cumple el refrán que dice: que pagan a veces los justos por pecadores. Pensando que estaban ayudando a don Quijote, se proponen a cerrar de una vez el aposento con paredes para que él nunca vuelva a encontrar el lugar y crean juntos una mentira para engañarlo. Después de dos días en la cama, don Quijote, se levanta, y lo primero que hace es ir a buscar sus libros, pero al no encontrarlos, le pegunta a su ama en qué lugar estaban y ella le responde que se los había llevado el mismísimo diablo. Pero su sobrina interrumpe la explicación del ama y le dice a su tío que no se los llevó el diablo sino un encantador, historia en la que don Quijote cree sin más y lo peor sospecha que quien lo había hecho, había sido un tal Frestón un enemigo suyo que quería menguar sus intenciones de vencer en batalla a una persona a quien aquel hombre favorecía. Al oírlo su sobrina le cuestion sobre quién dudaría de aquello, y quién era la persona que le pondría en la mente aquellas pendencias. Además le pregunta si no era mejor que el caballero se quedara en casa tranquilo por unos días sin salir por el mundo a buscar pan de tras trigo, principalmente considerando que muchas veces muchos iban por pan y volvían trasquilados. Al que el caballero le responde que si alguien se metiera con él seguramente no se quedaría ni siquera con las propias barbas. Pero ni el ama, ni la muchacha le siguieron la corriente para no encolerizarlo. Estuvo nuestro caballero quieto en casa durante dos semanas. Un tiempo después llama a un labrador que era su vecino, un hombre pobre, sin muchos recursos y con poca inteligencia que fuera su escudero. Y tanto le persuade con promesas, que el hombre acepta la oferta y deja a su mujer e hijos para seguirlo. Con el eminente viaje, don Quijote le encarga a su nuevo ayudante la tarea de conseguir dinero vendiendo lo que fuera posible. Y le encomienda llevar alforjas, camisas y otros suministros, conforme le había aconsejado el ventero, sugerencia que es aceptada por el ayudante que pensaba llevar un asno que tenía, porque no se sentía apto a andar a pie. Teniéndolo todo listo, los dos hombres salen en una noche sin despedirse ambos de sus familias y sin que nadie los viera. En el camino, el escudero vuelve a tocar en el asunto de la isla y del puesto que el caballero le había prometido a lo que responde don Quijote que aquella era una costumbre y que él no dejaría de cumplirla. Aunque en otros casos a veces los caballeros esperaban a que sus escuderos se volviesen viejos para darles alguna cosa, pero él se la daría nada más conseguirla y lo haría rey de la isla y su esposa sería la reina. Sobre esta cuestión Sancho le responde que su esposa no servía para reina sino condesa. A eso don Quijote le responde que él no debería de contentarse en ser menos de lo que a Dios le convendría.
Janete M. C. Silva

Análisis del capítulo 07 - Programa Antconc - Estadística de palabras: lista de palabras y concordancia.

#Word Types: 695
#Word Tokens: 1871


01
106
que
Pr. relativo u otra posibilidad

02
088
de
Preposición

03
082
y
Conjunción

04
045
a
Preposición

05
041
el
Artículo  singular m. sing.

06
037
en
Preposición

07
031
la
Artículo u otra posibilidad

08
029
no
Adv., de negación

09
029
por
Preposición

10
026
lo
Art. Neutro u otra posibilidad

11
026
se
Pr. Reflexivo u otra posibilidad

12
025
le
Pr. Objeto Indirecto

13
023
los
Artículo u otra posibilidad

14
021
con
Preposición

15
018
don
Pr. De tratamiento/respeto

16
018
su
Pr. Posesivo

17
018
él
Pr. Sujeto

18
017
quijote
Sustantivo masculino

19
013
sus
Pr. posesivo

20
012
dijo
Verbo - decir
P. Indefinido



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